lunes, 26 de julio de 2010

Página 3.

Mientras la iba leyendo cada vez se quedaba más anonadado. Para poder tener pastos suficientes con los que alimentar a la ingente cantidad de aves y reses que eran necesarias para la producción de tanta carne como se consumía diariamente por dicho establecimiento, la cadena se veía obligada a talar bastas extensiones de selva virgen, destruyendo, de este modo, una gran cantidad de árboles que contribuían, antes de, al efecto regulador del planeta, mediante un consumo de óxidos de carbono y expulsando oxígeno a la atmósfera. Una vez hubo terminado su café, dobló cuidadosamente el periódico y, tras dejarlo en su sitio, le dijo al camarero que se lo apuntase en su cuenta y salió del local. Cruzó la calle apenas sin mirar, lo cual provocó que un conductor que por allí circulaba con alguna prisa pegase un frenazo algo más brusco de lo normal y se indignase soltando juramentos que, seguramente, se referían a su familia más cercana. Sin mucho afán se entró de nuevo al portal, subió a la clínica y se puso el uniforme, y así, una avería bucal tras otra dio fin a su jornada laboral. Fue al cuarto y dejo su bata colgada en la percha de plástico comprada por cuatro miserables pesetas en una empresa de muebles baratos y buscó su teléfono en el bolsillo de la chaqueta. Lo abrió y miró la pantalla. Dos nuevos mensajes. Mientras se ponía la chaqueta y se calzaba las zapatillas, abrió uno de los mensajes. Era de uno de sus amigos, le invitaba a ir a tomar unas copas esa noche, aprovechando que era sábado, como todos los sábados desde hacía 4 meses que decidieron volver a salir mientras estuviesen solteros. Al fin y al cabo no siempre iban a disfrutar de la treintena.
El segundo de los mensajes lo leyó en la calle ya, una vez hubo contestado el primero mientras bajaba por el ascensor. Mientras eliminaba el mensaje, el cual resultaba ser de publicidad de una empresa telefónica con ofertas que, en absoluto le interesaban debido a que con poder estar localizable él tenía de sobra, se encaminó a la parada del autobús. Tras esperar un rato atendiendo, por supuesto y como de costumbre, a su reproductor de música, se subió al autobús y se dirigió a la parte de atrás como solía hacer casi todos los días. Mientras observaba a la gente en sus automóviles, emitiendo gases, mal humor, estrés y malestar. Él no tenía ese problema, al tomar el transporte público se sentía mejor. De hecho su coche llevaba casi un mes parado en el garaje… Como siempre que iba a algún sitio era a pie o, en su defecto, en el autobús urbano pues aquel era prescindible.
Cuando llegó a su casa se quitó la ropa arrojándola encima de la cama y se dirigió al baño. Abrió el grifo y se dio una ducha rápida. Se puso el desodorante y aún chorreando se encaminó hasta su habitación y cogió la ropa para salir. Una camiseta informal de color negro con letras doradas que rezaba “Freedom” y una camisa blanca por encima. Tras esto, se puso unos vaqueros rotos y se dirigió de nuevo al baño. Cogió el bote de fijador y se peinó. Y tras hacer esto camino despacio a la entrada y se calzó unas preciosas zapatillas de color blanco pensando el trabajo que le daría limpiarlas al día siguiente. Pero aquello no importaba realmente. Lo que contaba esa noche era pasárselo bien.

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